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Hace mucho tiempo hacía pasantías en una empresa trucha de software que desarrollaba; oh novedad, software contable. Mi “trabajo” consistía básicamente en ir donde los clientes, instalarles los programas y enseñarles a usar el coso (porque decir que los capacitaba sería muy pretencioso de mi parte). Ya se han de imaginar que por su naturaleza empresarial gran parte de esta labor se desarrollaba en el centro de la ciudad y ya se han de imaginar lo mucho que odiaba hacerlo.
En fin, en una de mis jornadas céntricas mientras esquivaba varios vendedores informales de comida, juguetitos, relojes y demás para llegar a la oficina del cliente, me topé con el que hasta ahora me parece el vendedor más audaz que he visto en mi vida: un vendedor de piedras. No piedras preciosas, piedras simples y ordinarias, todo un saco de ellas. Ahora, el señor voceaba que eran traídas de las playas de las Galápagos y que por su extenso contacto con sales minerales de la fauna Insular tenía propiedades curativas. Y sí, curaba todos los males concebibles por la ciencia y la imaginación del hombre.
Para darle el beneficio de la duda, las piedras si tenían tonalidad y look playerezco, aunque talvez no específicamente de las Galápagos. En ese momento solo me pareció algo curioso así que me metí no más en la oficina para hacer mi trabajo e irme lo más pronto posible. Lo más pronto posible fueron 2 horas. Continuar leyendo »
